Lisztomanía: Franz Liszt como el Rockstar del siglo XIX

Maite Méndez Arce

Durante el siglo XIX ha habido artistas que han hecho que su público desbordara de euforia con solo su presencia, como Justin Bieber, Michael Jackson, los Beatles o incluso ahora Taylor Swift. Pero, ¿podrías imaginarte a un músico clásico del siglo XIX haciendo que la gente gritara, se desmayara y peleara por incluso un mechón de su cabello? Antes de que existieran estos ídolos del pop, Europa ya había conocido figuras magnéticas como el poeta Lord Byron o el violinista Niccolò Paganini, cuyas vidas y presentaciones desataban fascinación y rumores casi míticos. Miguel Ángel y Leonardo también fueron celebrados como genios, adorados por muchos, pero de una forma diferente: su fama era respetuosa, más ligada al genio artístico que al fervor físico de multitudes. 

Sin embargo, Franz Liszt fue el primero en cristalizar todos esos elementos modernos del “ídolo popular”: talento extraordinario, presencia escénica imponente, devoción fanática, histeria colectiva. Este pianista húngaro del siglo XIX no solo llenaba teatros, sino que desataba pasiones que rozaban lo incontrolable. A ese fenómeno lo llamaron Lisztomanía: una mezcla de admiración, devoción y una locura colectiva que se desataba en cada uno de sus concierto.

«Su virtuosismo al piano, combinado con su estilo teatral, su carisma desbordante y la intensa reacción del público, hacía de cada concierto un espectáculo inolvidable«

Liszt, sin embargo, no fue solo un gran ídolo; era también un revolucionario de la música y esto en muchos sentidos. Según BBC (Franz Liszt: The world’s first musical superstar), Liszt fue visto como el primer artista con aura de rockstar, pues el público gritaba, lloraba, se desmayaba y guardaba objetos personales como reliquias tras sus presentaciones. Su virtuosismo al piano, combinado con su estilo teatral, su carisma desbordante y la intensa reacción del público, hacía de cada concierto un espectáculo inolvidable. Además, su vida persona, que fue marcada por romances, admiradoras entregadas y un estilo de vida sofisticado y llamativo, reforzaba esa imagen de “ídolo moderno”. Según algunas fuentes, incluso fue él quien creó el concepto de recital solista como lo conocemos hoy y transformó la relación entre intérprete y público al convertir cada presentación en una experiencia donde la música y la personalidad del artista brillaban al mismo nivel.

La Lisztomanía no fue un fenómeno pasajero: fue el primer gran ejemplo de la cultura fan que conocemos hoy. El comportamiento del público alrededor de Liszt fue un antecedente directo de la forma en que actualmente idolatramos a artistas contemporáneos. Con Liszt nació el modelo de ídolo moderno, capaz de generar emociones extremas y experiencias colectivas. Su legado no solo se mide en técnica y sensibilidad al piano, sino en la huella imborrable que dejó en la historia de la música… y en la manera en que seguimos idolatrando a nuestras estrellas favoritas.

Franz Liszt nació en 1811 en Hungría y desde niño mostró un talento musical fuera de lo común. Su padre, que también era músico, fue quién le inculcó la pasión al piano y pronto comenzó a dar conciertos que llamaban la atención por su virtuosismo en el instrumento e interpretación. A los once años ya estudiaba en Viena, donde recibió la influencia de maestros como Carl Czerny y Antonio Salieri. Desde entonces destacaba no solo por su habilidad técnica, sino por un magnetismo personal que se notaba incluso en sus primeras presentaciones.

«Su virtuosismo era tan extraordinario que podía memorizar un concierto de Beethoven en un día o leer a primera vista piezas de violín de Mendelssohn con total naturalidad»

Imagínense que incluso en tiempos de Beethoven, él continuaba siendo la estrella…La carrera de Liszt no se limitó a ser un virtuoso del piano; también fue un innovador. Entre sus obras más importantes se encuentran la Sonata en si menor, los Estudios trascendentales y los Poemas sinfónicos, género que él mismo desarrolló para unir música y narrativa. Llevó la técnica pianística a un nuevo nivel, exigiendo al intérprete una fuerza, agilidad y dramatismo que hasta entonces no se habían visto. Algunos llegaron a creer que Liszt tenía habilidades sobrenaturales, incluso fruto de un pacto con el Diablo, idea alimentada por obras intensas como la Sonata de Dante y el Vals de Mefisto. Su virtuosismo era tan extraordinario que podía memorizar un concierto de Beethoven en un día o leer a primera vista piezas de violín de Mendelssohn con total naturalidad. Sin embargo, fue más que un pianista prodigioso: creó el formato del recital de piano, llevando la música al público general y no solo a las élites. En una época sin grabaciones y con escasos conciertos orquestales, transcribió grandes obras sinfónicas, incluidas las nueve sinfonías de Beethoven, y compuso fantasías sobre temas de óperas. Además, impulsó la música nueva y apoyó a compositores como Berlioz, Grieg y Wagner, contribuyendo también al auge de las escuelas nacionalistas en Rusia y Bohemia. Junto a todo esto, dejó más de cien piezas originales para piano, muchas de ellas agrupadas en ciclos.

Estas aportaciones marcaron la música del Romanticismo y sentaron las bases para compositores posteriores, consolidando a Liszt como una figura de vanguardia tanto en la composición como en la interpretación.

«Las mujeres enloquecen, le lanzan trapos íntimos, se desmayan y gritan al compás de la música»

Ahora, imagina un teatro del siglo XIX: la luz en el escenario, la expectativa en el aire, y de repente, Franz Liszt aparece frente al piano. Su forma de tocar es apasionada, dramática e innovadora, y cada movimiento y gesto encienden al público. Las mujeres enloquecen, le lanzan trapos íntimos, se desmayan y gritan al compás de la música. Los murmullos se convierten en gritos, y la emoción desbordada es inmensa. Ningún músico de la época había causado tal frenesí, era lo más cercano a una estrella de rock que el siglo XIX había visto.

El simple hecho de que Liszt se sentara frente al piano bastaba para que la multitud se agitara: gritos, suspiros, llantos… y peleas por un pañuelo o un mechón de cabello. Esta reacción desmedida recibió un nombre: Lisztomanía, acuñado por Heinrich Heine para describir la locura colectiva que provocaba. Cada nota suya parecía tener un poder propio, capaz de transformar la emoción en algo casi físico.

Liszt rompió las reglas de los conciertos clásicos en varios aspectos. Escénicamente, convirtió el recital en un espectáculo personal y teatral: gestos expresivos, dramatización de cada frase musical y permisividad para que el público desbordara su emoción. Según Martínez, el húngaro innovó con armonías audaces, modulaciones inesperadas y composiciones como los poemas sinfónicos, que unían narrativa y música de forma libre, y como ya lo había mencionado, elevó la técnica pianística a límites nunca antes vistos. De esta manera, cada concierto era tanto una revolución visual y emocional como un avance teórico y musical.

La Lisztomanía no era solo un fenómeno de admiración: era la prueba de que la música podía transformar la experiencia humana, conectando intérprete y público de manera intensa y compartida, dejando una huella imborrable en la historia y en la cultura del fanatismo musical.

La locura colectiva que provocaba Liszt en los escenarios no terminaba cuando bajaba del piano. Si la Lisztomanía mostraba el poder de su música sobre las multitudes, su vida privada revelaba otra faceta: la del Rockstar rompecorazones, un artista que conquistaba fuera del escenario tanto como en él.

«Su carisma y magnetismo lo hacían irresistible para muchas mujeres de la época. Tenía admiradoras apasionadas que le escribían cartas, enviaban regalos y, muchas de ellas tenían fotos de él en broches o camafeos. Liszt disfrutaba de esta atención y no era extraño que mantuviera múltiples romances y relaciones afectivas, siempre con un estilo elegante y sofisticado que reforzaba su aura de Rockstar»

Franz Liszt no solo podía conquistarte con su música; su vida personal también lo convirtió en un verdadero ídolo. Su carisma y magnetismo lo hacían irresistible para muchas mujeres de la época. Tenía admiradoras apasionadas que le escribían cartas, enviaban regalos y, muchas de ellas tenían fotos de él en broches o camafeos. Liszt disfrutaba de esta atención y no era extraño que mantuviera múltiples romances y relaciones afectivas, siempre con un estilo elegante y sofisticado que reforzaba su aura de “Rockstar”. Entre sus vínculos más comentados se encuentran admiradoras aristocráticas y artistas, así como una relación cercana con la condesa Marie d’Agoult, con quien tuvo tres hijos. Su relación con ella y otros romances alimentaron la fascinación pública: Liszt era el ejemplo del hombre deseado, un músico que podía seducir con la mirada, el gesto, o incluso su música.

Antes de que existieran celebridades a las que las podemos determinar como “rockstars”, hubo un Franz Liszt, y no fue solo un gran pianista: fue una figura que cambió para siempre la forma de vivir la música. Sus conciertos no eran simples presentaciones, eran momentos cargados de emoción, donde cada nota podía hacer llorar, gritar o incluso desmayar a quienes lo escuchaban. Liszt no inventó el talento, el virtuosismo, ni mucho menos la gran admiración que se le puede tener a un artista de su nivel, pero sí cambió la manera en que se mostraba al mundo. Transformó el escenario en un lugar donde el arte y la emoción se unían, y convirtió al músico en una figura admirada, deseada y seguida por multitudes.

La Lisztomanía no fue una exageración: fue el primer ejemplo real de lo que hoy conocemos como cultura fan. Fue la prueba de que la música puede conectar profundamente con las personas, mover masas y dejar huellas que duran toda la vida.

Ese mismo impacto sigue vivo hoy, cada vez que una estrella emociona a miles de personas. Franz Liszt fue talento, pasión y carisma. Si el siglo XIX tuvo una estrella que vivió como un rockstar, fue él. 

Lamentablemente esta gran estrella murió el 31 de julio de 1886 en Bayreuth, rodeado de un silencio que contrastaba con la euforia de la Lisztomanía. Sus últimos días, marcados por la soledad y la enfermedad, cerraron el telón de una vida brillante pero solitaria.



Bibliografía: 



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