(semana temática de Harry Potter: Jimena, José, Daniel, Abraham)

El sonido de guitarras flotantes y el rico olor a pan dulce recién horneado salían de las cocinas encantadas. Se acercaba el Concierto Encantado, la tradición más importante de Gryffindor. Nadie sabía con certeza por qué se realizaba; se decía que, muchos siglos atrás, Luis Miguel había ofrecido un concierto mágico tan poderoso que el cielo quedó iluminado durante más de cuatro días. Desde entonces, el colegio lo celebra en su honor. Aun así, no estaban seguros de llevarlo a cabo: un nahual seguía rondando las instalaciones.
Era el primer día de clases. Los rayos del amanecer se reflejaban en las torres y ventanas, calentando las piedras antiguas. Décadas atrás, en los años ochenta, Luis Miguel —famoso cantante mexicano y orgulloso Gryffindor— había fundado la casa más ejemplar del colegio. Aunque el público nunca lo supo, siempre fue mago y estudió en el Hogwarts original. En los noventa, impulsó la apertura de una sucursal en suelo mexicano.
Luis Miguel no era un mago común: su magia nacía de la música, de su voz, de la composición y del corazón. Solía caminar por los pasillos cantando una melodía muy famosa llamada “Sueña”. Con una sola nota podía dormir a todo Gryffindor o encender las antorchas del Gran Comedor con una tonada suave.
Solía decir a sus alumnos:
—Brillar no es competir, es construir. Y se construye siendo creativo, original y responsable.
Los demás fundadores lo admiraban. Les parecía disciplinado, creativo y algo reservado, aunque a veces Guillermo del Toro se ponía celoso de que el retrato de Luis Miguel atrajera más atención que el suyo. La alegría de la casa, sin embargo, la mantenía Chabelo, el fantasma de Gryffindor. Aparecía flotando por los pasillos con su eterno overol azul y una sonrisa traviesa. Le gustaba atender a los alumnos y hablar de sus problemas. A veces, para subirles el ánimo, ofrecía participar en la catafixia: cambiar una pertenencia de gran valor sentimental por un consejo o un deseo mágico misterioso.
Chabelo era un espíritu sabio, aunque juguetón. Organizaba competencias de hechizos y contaba historias de “los magos de antes”. Nadie conocía su verdadera edad; cuando se lo preguntaban, respondía con una carcajada que resonaba por todo el castillo.
En la cueva bajo el Popocatépetl, los estudiantes aprendían el Hechizo Lumisón, creado por el fundador Luis Miguel: un encantamiento que no solo iluminaba el entorno, sino que elevaba el ánimo de las lechuzas y de los alumnos. A las lechuzas les gustaba iniciar sus envíos al amanecer para partir todas juntas, por órdenes del propio Luis Miguel.
Una noche, antes de la Ceremonia de Selección, él percibió una presencia maligna en el castillo.
—Tienen que resguardarse en sus casas —ordenó—. Y que las lechuzas permanezcan pendientes de ustedes.
Durante la Selección, al Sombrero Seleccionador lo asistían las lechuzas. A cada una se le entregaba una Piedra Filosofal en miniatura; al tocarla, nacía su habilidad mágica, determinada por la casa de su futuro dueño, para acompañarlo y ayudarlo.
En el banquete de bienvenida, el retrato de Luis Miguel habló desde el muro del Gran Comedor:
—Recuerden, mis queridos Gryffindor, que la verdadera magia no está en la varita, sino en la pasión con la que la usas.
Los alumnos aplaudieron y hasta Alfonsoldore levantó su copa en su honor. De pronto, se abrieron las puertas: era Cantinflas, el conserje, con el sombrero ladeado, la capa gastada y su bigote inconfundible.
—¡Hay un nahual en los pasillos! —gritó.
Luis Miguel reaccionó al instante, envió a todos a sus salas comunes y, al día siguiente, los alumnos tomaron la ruta 9 de regreso a sus casas “para el saucito”, a reunirse con sus amigos.
El otoño se asomaba: las hojas caían sobre el lago. Los Gryffindor regresaron para preparar el Concierto Encantado. Por los pasillos resonaban las risas… hasta que alguien notó que el retrato de Luis Miguel había desaparecido: solo quedaba un marco dorado. Maestros y alumnos no entendían qué ocurría cuando, atravesando la pared con gesto intranquilo, apareció el fantasma Chabelo.
Entonces llegó Doña Magos en su escoba, decorada con listones de colores y plumas de quetzal. Vestía un rebozo típico de Santa María del Río, con empuntado único; lo más sorprendente era que cambiaba de color según su emoción.
—Buenos días, mis corazones encantados —saludó en su primera clase—. Hoy aprenderemos que un hechizo sin emoción… ¡es como un pozole sin grano!
Las carcajadas estallaron. Nadie estaba acostumbrado a una profesora tan alegre. La curiosidad creció, y con ella, el interés por sus lecciones. Ojalá haya pozole en la cena navideña.

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